Damon
observó Merkazad desde la terraza de Stefan. Aquella vista ya no le resultaba
una amenaza. Las emociones que le hacía sentir la mujer que dormía un par de
habitaciones más allá, eran otra cuestión.
DOS
NOCHES después, Damon miró a Elena, que estaba sentada al otro lado de la mesa
y ésta le respondió con una mirada provocadora. Él notó como un cosquilleo en
el pecho y volvió a sentir deseo.
EL
JEEP giró y se marchó y Elena miró fijamente a Damon y sintió un horrible deseo
por él. A pesar de haberlo visto el día anterior, lo había echado de menos. Se
le aceleró el pulso y deseó poder correr a abrazarlo y besarlo al mismo tiempo,
pero el descaro de su gesto la dejó sin aliento.
SE
QUEDARON a la subasta. Damon animó mucho la puja subastando un beso de una
conocida actriz de Hollywood que se encontraba entre el público.
Cuando
terminó, Damon ayudó a Elena a levantarse de su silla y la sacó del salón por
la puerta lateral. Ella lo miró mientras intentaba andar a su mismo paso y le
preguntó casi sin aliento:
Damon
sonrió, haciendo que Elena se estremeciese de deseo.
–Me
parece que todavía me gustas más cuando te pones dominante y mandona.
Antes
de que a ella le diese tiempo a contestar, Damon la estaba haciendo retroceder
de nuevo contra la pared. Bajó la cabeza y Elena sintió un delicioso calor. Lo
agarró con fuerza, enterrando los dedos en su pelo. Sus lenguas se entrelazaron
con ansia, como si no se cansasen la una de la otra.
Damon
oyó las palabras de Elena y todo su cuerpo se contrajo. La maldijo. ¿Por qué no
se marchaba? Una voz en su interior se burló de él. ¿Acaso quería echarla como
había hecho seis años antes?
Entonces
se sintió muy cansado. Llevaba tanto tiempo rígido, controlándose, estando
enfadado. Y aquella mujer estaba destrozándolo todo sin tan siquiera saber lo
que estaba haciendo.
Se
giró a mirarla muy serio, con el rostro todavía dolorido por la bofetada.
Elena
había tenido su reunión con el enviado de Dubai y, para su alivio, no había
vuelto a ver a Damon, pero en esos momentos tenía que prepararse porque iba a
tener que asistir a un acto de gala con él.
LA
IRA que Damon había notado crecer en su interior unos segundos antes ya estaba
disminuyendo y sabía que tenía más que ver con el efecto que aquella mujer
tenía en él que con su beligerancia y enfado. Y, en esos momentos, sólo podía
ver a Elena, con la ropa empapada y pegada a su increíble cuerpo.
El
jeque Damon bin Kalid Salvatore observó las sombras de las aspas del
helicóptero en las montañas que había a sus pies y, al mirar a lo lejos, vio
por fin los minaretes y el perfil de Merkazad, y el castillo, hacia donde iba.
Su casa y lugar de nacimiento. Volvía por primera vez en diez años. Y se sentía
aturdido por dentro.
Elena
Gilbert tuvo que hacer un esfuerzo para no ponerse a dar saltos al ver la torre
Eiffel a lo lejos. Hizo una mueca. Sabía que era un tópico, pero estaba en
París, en primavera y estaba enamorada. Deseó tirar las bolsas que llevaba en
las manos por los aires, reír a carcajadas y levantar el rostro hacia las
flores de los árboles.
HAY
UNA niña delante de la tumba, sola. Su rostro es muy pálido, tiene unos ojos
azules enormes y que brillan con las lágrimas que no ha derramado, su pelo es
una cascada oscura y brillante que le llega a la cintura.