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BIENVENIDOS A TOD@S A ESTE BLOG, ESPERO QUE DISFRUTÉIS LEYENDO LAS ADAPTACIONES DE CRÓNICAS VAMPÍRICAS.

COMO SABÉIS LOS PERSONAJES NO ME PERTENECEN Y LAS HISTORIAS QUE ADAPTARÉ TENDRÁN EL NOMBRE DE LA AUTORA AL FINAL DE CADA HISTORIA


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18 diciembre 2012

El Marqués Epilogo


EPÍLOGO

Dos semanas después.
        
Me alegra mucho que estés de vuelta en la ciudad —dijo Bonnie mientras Elena y ella deambulaban juntas por el rutilante salón de baile, tal y como solían hacer.

—Bueno, yo también me alegro de ver que tus primas se están comportando de nuevo.

—Sí, es sorprendente la celeridad con la que cambian —repuso con sequedad

—. Debo reconocer lo mucho que he disfrutado viéndolas hacerte reverencias y arrastrarse ante ti, marquesa.
Elena rió entre dientes.

—Tal vez pueda encontrar un marqués para ti, querida. Por descontado, hay que tener siempre presente al nuevo y soltero duque de Holyfield. —Elena señaló sutilmente con la cabeza hacia Stefan Carew, que estaba apoyado en una de las columnas del salón, con el mismo aspecto insatisfecho de costumbre.
Stefan parecía muy diferente desde la muerte de su hermano: había sustituido los vistosos colores del estilo dandi por el sobrio negro de luto.

Cuando vio a Elena le dirigió una despectiva sonrisa falsa y se dio media vuelta. La joven se sacudió de encima el desagrado que le provocaba su antiguo pretendiente y le dio un empujoncito a Bonnie.

—¿Quieres visitar conmigo a los huérfanos antes de que partamos para Worcestershire? Dejaremos que los niños decoren la casa para Navidad.

—No me lo perdería por nada del mundo.

—Damon ha comprado un pianoforte usado para los pequeños, ¿te lo había contado? Vamos a cantar villancicos e, incluso, puede que les dé la primera lección de música a las niñas más mayores.

—Aún no puedo creer lo bien que tocas.

—Me encanta. Ojalá no hubiera dejado de hacerlo durante todos estos años. Antes me resultaba demasiado doloroso. Siempre fue algo que compartía con mi madre.

—Bueno, es obvio que no has perdido tu don. Ah, mira, ahí está tu esposo. Ay, Dios. —Bonnie frunció el ceño—. ¿Qué hace hablando con otra dama en aquel rincón apartado?

Elena siguió la mirada de Bonnie y sonrió acto seguido.

—Es su hermana, lady Thurloe.

—¿Los acompañamos?

Elena sacudió la cabeza, conmovida al ver que su marido por fin le había tendido la mano a su devota hermana.

—Es mejor que los dejemos tranquilos por ahora. Tienen mucho de qué hablar.


—Hace tiempo que tengo un mensaje de nuestro padre que transmitirte, Damon. Algo que dijo en su lecho de muerte y que deseaba que tú supieras.

Damon miró fijamente a los ojos a su hermana. Después de ver lo dolorosa que a lady Westwood le resultaba la ausencia de Drake, había comenzado a darse cuenta de que su propia familia podría haber padecido un sufrimiento semejante a causa de su partida. De modo que, no sin cierta cautela, había buscado a Beatrice. Suponía que estaba preparado para escuchar lo que ella tuviera que decir.

—Damon, no tienes idea de lo orgulloso que papá estaba de ti —dijo—. Estuve con él varios días al final de su vida. Hablamos muchísimo. Has de saber que estaba furiosa contigo por no estar allí cuando se estaba muriendo. Sentía que nos habías abandonado en tu búsqueda de riqueza o placer. Pero papá no quería que estuviera furiosa contigo. Hizo que le jurase que guardaría el secreto y entonces, en su lecho de muerte, me contó la verdadera razón de que siempre estuvieras ausente. Me dijo lo noble que era lo que estabas haciendo y me hizo prometer que nunca renunciaría a ti. No te preocupes, no se lo he contado a nadie. Ni siquiera a mi Paul. Nuestro padre me hizo jurarlo y he cumplido con mi palabra. —Bien.

—Damon, lo más importante es que, cuando le pregunté si se arrepentía de algo, me dijo que solo de una cosa, que lo que más le pesaba era no haberse permitido acercarse a ti —declaró en voz baja—. Dijo que eras el mejor hijo que podía tener un hombre, pero que nunca te demostró su amor porque sabía que vendrían a llevarte. Sabía que tendría que renunciar a ti y cuantos menos lazos te unieran a nosotros, menos doloroso sería para ti cuando llegara el momento de marcharte.

Damon cerró los ojos durante largo rato.

—También has de saber cuánto le avergonzaba a papá el dinero que la Orden nos dio para poner nuestros asuntos en orden. Pero lo aceptó por el bien de mamá y por el mío. Eso fue un duro golpe para su orgullo, pero no tanto como saber que no tenía forma de protegerte de esta carga que pesa sobre nuestro linaje. No podía hacer nada al respecto y se sentía impotente. Creo que era uno de los principales motivos de que bebiera.

Damon asintió con gravedad. No le costaba creerlo. Hasta el momento no había sido capaz de ponerse en la piel de su padre, pero como padre protector de un futuro agente de la Orden ya podía comprender cómo debió de sentirse su padre al tener que dejar que Virgil se lo llevase consigo. Debió de ser aún peor para su padre, pensó Damon, porque al menos él tenía el adiestramiento y los medios para plantar batalla y, de ese modo, Dios mediante, poder evitarle aquello a su hijo.

—Seguro que recuerdas que el hábito de beber de papá se agravó después de que te marcharas. Se encerraba en sí mismo cada vez más. Solo yo, entonces en todo mi esplendor infantil, era capaz de sacarlo de su depresión de vez en cuando. Pero al menos ya no jugaba. Me dijo que los altos cargos de la Orden habían establecido esos términos con él y que si alguna vez los violaba y jugaba de nuevo, jamás volvería a verte. Ni siquiera permitieron que regresaras a casa durante las breves vacaciones escolares que tenías a veces.
Damon la miró asombrado.

—¿Dejó de jugar por mí?

Ella sintió.

—Él te amaba, Damon. Algunas personas no saben demostrarlo, y no es que lo esté excusando, pero nuestro padre poseía un corazón bondadoso. —Hizo una pausa—. Ni siquiera alcanzo a imaginar todo lo que has pasado, o lo que debiste sentir cuando, siendo niño, te arrancaron de tu hogar para ser convertido en guerrero sabiendo que tu familia había recibido un pago a cambio. Debiste pensar que te habíamos vendido. Y tal vez fuera así, no lo sé. No creo que tu amigo el escocés les diera a nuestros padres mucho donde elegir. Pero quiero que sepas que tu sacrificio no fue en vano.

—¿A qué te refieres? —se obligó a preguntar, casi sin poder hablar por el nudo que le atenazaba la garganta.

—Cuando cumplí diecisiete años, el dinero que habíamos recibido costeó mi temporada en Londres. Gracias a la cual conocí a mi Paul, el amor de mi vida. 

Y ahora tenemos dos preciosos hijos, por los que sentimos verdadera adoración, y esperamos que vengan más. Mi querido hermano, me diste la oportunidad de encontrar la felicidad y tengo que darte las gracias por todo.
Beatrice sacudió al cabeza.

—Santo cielo, si no lo hubieras hecho, si no hubieras ido con la Orden... si no nos hubieran dado ese dinero y hubiéramos continuado en la pobreza, jamás habría tenido mi temporada ni conocido a mi esposo. Me hubiera visto obligada a quedarme en el campo, en Worcestershire, y seguramente habría acabado casándome con alguno de los hijos de nuestros vecinos. ¡Con uno de los hermanos Carew!

Damon frunció el ceño y comprendió la verdad de sus palabras.

—Debido a mi posición, posiblemente me habría casado con el mayor, Hayden. ¿No lo entiendes? Su esposa, la que se ahogó en Francia... de no ser por ti, hermano, podría haber sido yo.

Damon inspiró bruscamente, aturdido por aquella revelación.
Beatrice lo abrazó y, esta vez, él le devolvió el abrazo, estrechándola con mayor fuerza al cabo de un momento. La cabeza le daba vueltas mientras el pasado, que siempre había visto de una forma, adoptaba un cariz del todo nuevo y diferente.


Siempre había interpretado la actitud distante de su padre como decepción o desaprobación. Ahora comprendía que ese no era necesariamente el caso.

—Gracias por contarme todo esto. Lo cambia realmente todo.

—Creías que no le importabas a nadie.

Él asintió en silencio.

Lady Thurloe sacudió la cabeza y le sonrió con los ojos empañados por las lágrimas.

—Bueno —gimoteó, poniendo las emociones bajo control—. Al menos no tengo que preocuparme tanto por ti ahora que te has casado con Elena. —Beatrice dirigió la mirada hacia el salón de baile—. Seguramente se estará preguntando a dónde has huido.

Damon divisó a su hermosa dama, que miraba hacia ellos con manifiesta curiosidad por lo que estaban hablando. Lo compartiría con ella más tarde. Le brindó una sonrisa desde el otro lado de la estancia cuando ella lo saludó de forma coqueta.

—Sí —murmuró—, parece que me requieren.

Aquellas palabras en apariencia despreocupadas encerraban una verdad que resonó en las profundidades de su alma.

—¡Ah! Ve con ella. —Bea lo dejó ir después de darle una palmadita afectuosa en la mejilla—. La latosa de tu hermana ya te ha monopolizado bastante por el momento. —Dicho eso, se giró y saludó a Elena con la mano.

—Latosa. Supongo que sí. —Damon rió suavemente y le dio a su hermana un beso en la frente, diciéndole que la vería más tarde.

Rotherstone fue a reunirse de nuevo con su encantadora esposa.
Elena dejó escapar una exclamación muda cuando Damon se inclinó de repente y le besó los nudillos con una florida reverencia al estilo europeo.

—¡Milady! —declaró con una entonación formal—. Según recuerdo, me debes un baile desde hace ya tiempo.

Una radiante sonrisa se dibujó en el semblante de Elena. Damon podía ver la emoción que se adueñó de ella al sentir su proximidad y supo que era amado.

—Deuda que saldaré gustosa, milord —adujo con igual entusiasmo.

Los risueños y siempre atentos miembros de la alta sociedad les abrieron paso cuando el marqués escoltó a su dama hasta la pista de baile. Elena tenía posados sus delicados dedos enguantados sobre la palma de Damon, que mantenía la otra mano cerrada flojamente a la espalda con una actitud formal. 

La joven irguió la cabeza y avanzó con paso grácil. El vaporoso vestido de color azul real que llevaba moldeaba las esbeltas curvas de su cuerpo.

El resto de los presentes ni siquiera se molestó en unirse a ellos, sino que se mantuvieron apartados observando mientras la orquesta comenzaba a tocar un vals.

En el centro de la reluciente pista de baile, Elena le hizo una reverencia a su pareja que Damon correspondió con otra.

La joven posó la delicada mano derecha sobre el hombro izquierdo de Rotherstone, con los ojos azules brillando con adoración. Asimismo, Damon colocó la mano izquierda en la cintura de su esposa y, mientras la miraba fijamente, estiró el brazo derecho y abrió la palma como había hecho con su corazón.

Ella deslizó la mano en la palma de su esposo con una leve caricia. Aquella maravillosa familiaridad, el mero contacto de Elena, le hacía sentir como si hubiera regresado al hogar, estremeciendo su cuerpo de deseo.

La vibrante y grácil música los envolvió y comenzaron a bailar. Se dejaron llevar, giraron y dieron vueltas bajo la parpadeante luz de las arañas.
Ella lo miraba con ternura y Damon clavó los ojos en su esposa hasta que todo a su alrededor dejó de existir. Solo existía Elena, la auténtica luz de su vida, su verdadero amor.

Mientras la guiaba por todo el salón de baile en un vals eterno, Damon supo que ambos estaban de acuerdo en que ese baile, al fin, bien había merecido la espera.

«Oh, me ponen enfermo», pensó Stefan Carew.
Al menos en esos momentos ostentaba un título más elevado que el de Rotherstone aunque, de algún modo, incluso el ducado recién obtenido era un pobre consuelo comparado con la irritante felicidad que se reflejaba en el semblante de la pareja.

«Me largo de aquí.»

Abandonó el salón de baile con la cabeza bien erguida, como de costumbre, disfrutando al ver que los demás le ofrecían las reverencias que ahora le debían. Pero, en verdad, aquello estaba volviéndose monótono.

Fue a casa, pero segundos antes de entrar en el estudio tenuemente iluminado para servirse una copa de coñac, sintió de pronto una presencia.
Dio media vuelta y vio la figura de un hombre sentado tranquilamente, con los pies apoyados sobre su escritorio.

—¡Usted!

—Hola, excelencia.

El corazón de Stefan comenzó a retumbar de inmediato. El desconocido lo había abordado brevemente en una ocasión, meses atrás, en el baile del final del verano.

—¿C-cómo ha entrado aquí?

—¿Disfrutando de su nuevo título?

—¿Qué hace en mi casa?

—Oh, no sea ingenuo. —La silueta se movió, delgada y mortífera. El hombre bajó los pies al suelo y se levantó de la butaca. Stefan tragó saliva con dificultad.

—¿Qué es lo que quiere?

—Simplemente su cooperación, tal y como hablamos. —Una sonrisa lobuna relampagueó en la penumbra.

—No tengo ni idea de a qué se refiere.

—No finja que no sabe de lo que hablo o lo que he hecho por usted. Es hora de pagar el precio, mi distinguido amigo.

Dresden Bloodwell salió de entre las sombras.
Stefan retrocedió con el corazón latiéndole desaforadamente en el pecho.

—¡Yo nunca le pedí que matase a mi hermano!

—No malgaste mi tiempo —se burló el desconocido—. Sabía perfectamente lo que pretendía hacer y, según recuerdo, no puso una sola objeción. Así que cállese. Y no olvide, excelencia, que tiene tres hermanos menores. No tengo el menor inconveniente en acabar uno por uno con todos hasta dar con alguno que finalmente coopere. Bien, si desea seguir con su miserable vida y en posesión de su bonito ducado le sugiero que se siente, cierre el pico y haga exactamente lo que yo le diga.

Alargó el brazo sin previo aviso y lo agarró del pescuezo. Stefan profirió un quejido mientras intentaba soltar esa implacable mano.
El asesino arrimó el rostro para mirar a Stefan a los ojos. Los de Bloodwell 
eran tan negros como la muerte y tan profundos como un pozo sin fondo.

—Escúcheme. Le he convertido en duque por un motivo y ahora es usted mío. Así son las cosas... excelencia. Aténgase a las consecuencias si se olvida de ello. 

—Dicho aquello, empujó a Stefan a la butaca de piel más cercana y procedió a explicarle.

—¿Qué quiere de mí? —susurró Stefan temblando como una hoja.

—Es muy simple —respondió Dresden mientras tiraba del puño de la camisa para colocarlo—. Cuando nos conocimos se jactó de ser amigo del regente; es hora de que estreche esa amistad. Ahora que es duque no debería tener problemas para acceder a Carlton House...


Drake podía escuchar las voces de James y de Talón al otro lado de la puerta de su cuarto en el hotel Pulteney, enzarzados en una conversación no demasiado amistosa con el convicto que habían sacado de Newgate llamado O'Banyon. El tipo era una especie de corsario.

—Está hecho —decía O'Banyon—. La chica está a buen recaudo.

—¿La tiene? —preguntó Talón con apremio.

—Sí. No fue difícil.

—¿Y bien, dónde está? Se suponía que debía traerla aquí—dijo James indignado.

—Sí, pensé en eso —replicó O'Banyon con cierta nota de insolencia en su ronca voz—. Pero se me ocurrió que una vez que tengan a la chica ya no me necesitan, ¿verdad, caballeros? No quería correr el riesgo de que me enviasen de vuelta a la prisión en cuanto hubiera cumplido con mi parte.

—¿Qué ha hecho con ella? —exigió saber James.

—Ya se lo he dicho, está a buen recaudo.

—¿Ha implicado a alguien para que le ayude sin nuestra autorización?

—¡No se preocupen! Solo es un viejo camarada de mis días como marino. 
Vamos a hacerlo a mi manera.

—¡Cómo se atreve!

—Escúcheme, viejo.

Drake se puso tenso detrás de la puerta, deseando acudir en auxilio de James si O'Banyon lo amenazaba.

—Parece que no se dan cuenta de que me necesitan —dijo el feroz convicto—. Sobre todo cuando el padre de la chica vuelve por mar para pagar su rescate. Puedes creerte muy malo, tuerto, pero nunca has tratado con alguien como el capitán Fox. ¿Por qué cree que tenía a su hijita viviendo encerrada? Robarle el tesoro a un pirata es malo de por sí—les advirtió O'Banyon—. Han secuestrado a su hija y tendrá graves consecuencias. Confíen en mí, soy el único que sé cómo tratar con el padre, y el capitán es el único que sabe dónde se encuentra la tumba del alquimista.

—Entonces, ¿qué sugiere que hagamos, eh? —inquirió James, que parecía estar perdiendo la paciencia.

—Esperar, fundamentalmente. Igual que tenemos que hacer en el mar. Pasará un tiempo hasta que el mensaje llegue al padre y más tiempo aún hasta que el viejo zorro de mar regrese a Inglaterra —dijo haciendo alusión al apellido del capitán—. Por no hablar del hecho de que la guardia costera querrá detenerlo en cuanto ponga el pie en suelo inglés. Entretanto, tengo intención de disfrutar de mi libertad.

Drake vio a Talón agarrar al mugriento O'Banyon de la camisa a través de la rendija de la puerta.

—¿Crees que puedes jugárnosla y salirte con la tuya?

—Quítame las manos de encima, tuerto. Para llegar hasta el tesoro del alquimista necesitas al capitán Fox; y para atraer al capitán necesitas a su preciosa hija. Y para ponerle las manos encima a la muchacha, me necesitas a mí, ya que soy el único que sabe dónde está encerrada ahora la preciosa moza.
James le hizo una señal a Talón, que soltó a O'Banyon furioso.

—Yo no alteraría al señor Talón si fuera usted, O'Banyon. Ha matado a hombres por mucho menos, se lo puedo asegurar.

—Bueno, también yo, viejo amigo, créame. También yo.

—Al menos dígame si la señorita Fox está a salvo. Carecerá de valor como rehén si está muerta.

—Sí, está a salvo. La joven señorita Kate no se encuentra muy cómoda, eso seguro, pero no corre peligro.

—¿Confía pues en aquel que la retiene?

O'Banyon sonrió de oreja a oreja.

—Francamente, señor, no confío en nadie.

La muchacha estaba sentada en un frío suelo de piedra, hecha un ovillo y temblando. No podía ver nada debido a la venda que le cubría los ojos. Tenía las manos atadas, con las muñecas unidas delante, apoyadas sobre las rodillas dobladas.

Kate se negaba a llorar, obligándose en su lugar a agudizar los sentidos disponibles para captar algo, lo que fuera. Unos pesados pasos por encima de ella. Voces broncas, principalmente masculinas. Un almacén concurrido. Gente arrastrando cajas o cajones en el piso de arriba. ¿Quiénes eran? Comerciantes corrientes no.

« ¿Contrabandistas?»

El olor salobre que impregnaba el frío aire hizo que su memoria se remontase a años y años atrás, a mástiles balanceándose contra el cielo azul. La sonrisa audaz de su padre mientras hacía de ella un contramaestre, diciéndole las órdenes que debía gritar a la tripulación con su aguda vocecilla infantil. « ¡Orientad la gavia, perezosos bastardos! ¡Enderezad y mantened el curso!»

De repente escuchó que una puerta crujía en lo alto de la escalera de madera sobre el húmedo y gélido sótano donde sus captores la habían depositado. Alguien se acercaba. Kate se quedó inmóvil escuchando con tanta atención como pudo.

Les había oído hablar antes, pero en esos momentos sus voces sonaban inesperadamente agitadas.

—¡Me importa un cuerno lo que dijo O'Banyon! ¡La vuelta a casa del duque lo cambia todo!

—¿Qué vamos a hacer?

—¡No lo sé, pero tenemos que deshacernos de ella antes de que Warrington regrese!

—¿Qué quieres decir con deshacernos de ella? ¿Que la matemos? ¿Que la soltemos?

Kate contuvo el aliento, agudizando el oído. « ¡Menuda elección!» El retumbar de su corazón apenas la dejaba oír.
Se hizo el silencio.

—No lo sé —respondió el contrabandista que parecía estar al mando—. Podríamos decirle a O'Banyon que la muchacha se escapó.

—Pero ¿y el dinero?

—¿A quién prefieres enfadar, a O'Banyon o a la Bestia? « ¿La Bestia?», pensó Kate con creciente pánico.

—Bueno, eso ni se pregunta.

—¡A mí me lo vas a decir!

—Ojalá nos hubieran avisado antes de que su excelencia iba a venir.

—Tarde o temprano tenía que venir. Este maldito lugar, y todo lo que hay en kilómetros a la redonda, es suyo.

—¿Qué vamos a hacer con ella cuando él esté aquí? Ese gigantesco demonio va a asarnos vivos por el naufragio del mes pasado. Si se entera de que ahora hemos tomado parte en un secuestro...

—Sí —dijo el primero de forma sombría—. Bueno... quizá haya un modo de que podamos matar dos pájaros de un tiro.

—¿A qué te refieres?

—Si O'Banyon quiere a la muchacha, dejemos que sea él quien se enfrente al duque de Warrington.

—¿Quieres decir que... le entreguemos la chica a la Bestia?

—¡Sí! Como un pequeño presente. Ya sabes, un pequeño regalito de bienvenida de parte de los muchachos, ¿eh?

—¡Sí, es brillante! ¡Puede que así no nos sacuda demasiado!

—¡Eso! Es lo bastante bonita para él. Ya sabes cómo es con las mujeres. Un regalito de bienvenida como ella tendría que aplacar parte de su cólera.

—Cierto, y jugar con ella lo mantendrá ocupado al menos durante una noche o dos, mientras nosotros concluimos nuestros asuntos.

—Podría funcionar.

—¿Has oído eso, muchacha? Causas un buen montón de problemas —dijo el líder, que sin duda tenía dolorida la entrepierna por la patada que ella le había propinado cuando llegó—. ¡A ver qué tal se te da con la Bestia! Como se te ocurra ser una deslenguada con él, desearás estar de nuevo en este sótano.

—Ay, no llores, chica —se burló el otro—. Hay cosas peores que convertirse en la concubina de la Bestia. Claro que no se me ocurre ninguna ahora mismo...

A Kate le daba vueltas la cabeza mientras las carcajadas soeces de los contrabandistas resonaban por doquier en la oscuridad. Se estremeció de pavor.
«No tengo miedo —pensó Kate una y otra vez—. No tengo miedo...»

FIN




Mi Perverso Marqués

Gaelen Foley



 

17 diciembre 2012

El Marqués Capitulo 20


CAPITULO 20

Elena estaba esperando pacientemente en el salón cuando Damon regresó. Le hizo señas para que fuera con él y ella se levantó y lo siguió, reparando en que su expresión seguía siendo sombría y algo aprensiva.

La condujo sin mediar palabra hasta una sala de un rabioso color rojo. Una vez dentro, Damon se acercó al clavicordio, tocó algunas notas concretas en el instrumento y, para asombro de la joven, la estantería que ocupaba la pared rotó hasta abrirse, dejando ver otro oscuro pasadizo secreto.

—Vamos.

Elena se adentró en el laberinto tras él y juntos se dirigieron de nuevo a la escalera por la que habían subido.
En esta ocasión su marido iba delante para ayudarla en caso de que se resbalara. Una vez abajo, Elena se encontró nuevamente en la misteriosa cámara de piedra debajo de Dante House.

—Puedes sentarte si así lo deseas. —Damon señaló hacia la tosca mesa de madera—. ¿Te apetece beber algo?

Sin esperar respuesta, le sirvió una copa de vino tinto de la polvorienta botella que había sobre la mesa. Ella la aceptó sin decir nada, tal vez él creía que iba a necesitarla. Luego Damon la miró durante largo rato.

—¿Recuerdas cuando me preguntaste sobre lo que Stefan dijo acerca de que desaparecí cuando éramos críos?
Ella asintió despacio.

—El colegio al que me enviaron sí se encuentra en Escocia, pero no es una academia normal y corriente.

La joven lo miró fijamente mientras contenía la respiración. Damon escrutó sus ojos.

—Pertenezco a una orden de caballería hereditaria que recibe el nombre de San Miguel Arcángel. —Señaló el mosaico del suelo—. Estoy seguro de que conoces su historia: el ángel guerrero de Dios que expulsó a Satanás del cielo con su espada flamígera. El castillo en Escocia es, en realidad, el cuartel general de la Orden, y ahí es donde me enviaron para cumplir un juramento hecho por el primer lord Rotherstone.

—¿El propietario original de la espada que se exhibe en tu galería? —murmuró Elena.

Damon asintió.

—Este deber me fue transmitido por mi familia. No todos mis antepasados fueron llamados al servicio; la amenaza varía de un siglo a otro y muchos han logrado escapar, pero yo no pude.

»Cuando tenía trece años, Virgil vino a nuestra casa y lo arregló todo con mi padre para que me entregara a la Orden y me llevaran a Escocia con el fin de comenzar mi adiestramiento como agente. Allí fue donde conocí a Rohan y a Jordán. ..Y a Drake, entre otros. El Club Inferno no es más que una tapadera.
Damon bajó la vista, el resplandor de la vela esculpía su rostro anguloso.

—El lema de la Orden está sacado del libro de los Hebreos: «El hace a sus ángeles espíritus y a sus ministros llama de fuego». La Orden lleva el nombre de San Miguel porque, como él, nos dedicamos a combatir un pernicioso mal. 

Luchamos por librar al mundo de él, aunque no parece que el fin esté cerca.

—¿Cuál es ese mal? —susurró Elena.

—El Consejo de Prometeo. Una sociedad secreta de hombres muy poderosos empeñados en esclavizar a la humanidad. Sus ansias de poder son inquebrantables, solo los nombres cambian. Se han infiltrado en todos los gobiernos de la Tierra... pero todo esto data de seis siglos atrás.
Elena sacudió la cabeza con asombro.

—La lucha se remonta a finales del siglo XII —prosiguió su marido—. Hace mucho, el primer lord Rotherstone, junto con los antepasados medievales de mis amigos, se unieron al rey Ricardo Corazón de León en Tierra Santa en su cruzada por liberar Jerusalén de los ejércitos de Saladino.

Fue en la tercera cruzada, y puesto que resultó un fracaso, si no has olvidado las clases de historia, unos años más tarde emprendieron la cuarta cruzada, más sangrienta aún que la anterior. Nuestros antepasados se quedaron en Tierra Santa para luchar también en ella.

—Entiendo —susurró, y tomó un sorbo de vino. Damon la miró.

—Dice la historia que, un buen día, el rey Ricardo envió una expedición de aproximadamente veinte caballeros para determinar la posición del enemigo. En el desierto comenzó a formarse una tormenta de arena, de modo que los caballeros se guarecieron con sus caballos en una caverna que avistaron en medio de las rocas. Inspeccionaron el interior de esta en busca de alguna fuente de agua para dar de beber a sus monturas pero, en vez de eso, se toparon con unas antiguas tinajas de arcilla.

«Cuando miraron dentro, los cruzados descubrieron que contenían un misterioso conjunto de rollos de pergamino. Uno de los caballeros, el antepasado de Falconridge, era un erudito que había pasado algunos años de oración y estudio en un monasterio. De forma que, con sus vastos conocimientos, pudo dar sentido a lo escrito en los pergaminos.»

Los rollos tenían ya un par de siglos de antigüedad cuando los cruzados los hallaron; textos apócrifos escritos en sirio en torno al 900 antes de Cristo. Lo primero que el erudito caballero comprendió fue que el pergamino aseveraba ser una de las escasas copias existentes de un antiguo documento, cuyo original se había quemado en el gran incendio que destruyó la antigua biblioteca de Alejandría.

Elena escuchaba la historia maravillada.

—¿Qué contenían esos pergaminos?

—Algo muy oscuro. Una especie de Biblia profana de un extraño culto de orígenes variados, dedicado a Prometeo. Sus fundamentos se basan en una historia del Antiguo Testamento, relacionada con José, el gran patriarca de la Biblia. Ya sabes, aquel que fue vendido como esclavo en Egipto por sus hermanos.

—Ah, sí—dijo ella—. Los hermanos estaban celosos porque su padre le había regalado a José una túnica de colores en tanto que ellos no poseían prenda alguna que simbolizase el favor de su progenitor.

—Exactamente —replicó Damon—. Seguro que recuerdas que a José le fue bastante bien en Egipto a pesar de la traición de sus hermanos. Interpretando de forma correcta los sueños del faraón, consiguió salvar a Egipto de una terrible hambruna.

Ahora bien, la parte menos conocida de la historia es que el agradecido faraón deseaba recompensar a José por sus servicios, de modo que concertó un ventajoso matrimonio para él. Le entregó por esposa a la hermosa Asenat, hija del sumo sacerdote de Heliópolis que tenía sangre real.

Los dos se casaron —continuó—. Hebreo y egipcia, y de aquellos inicios un culto echó raíces, combinando los misterios de la Cábala judía con el don de la adivinación y los ritos de los sumos sacerdotes egipcios. Los primeros practicantes del culto de José y Asenat tenían un interés especial en las prácticas egipcias dedicadas a preparar el alma para la inmortalidad, el mismo objetivo por el que su pueblo había construido las pirámides en las que daban sepultura a sus faraones dorados. Pero la cosa no acabó ahí.

Conforme esta secta secreta se propagaba, incorporaron de manera regular nuevas creencias y rituales, buscando habilidades sobrenaturales, como aquellas que se decía que supuestamente poseían los tres Reyes Magos que aparecieron en Belén. Parecía que los primeros prometeos intentarían cualquier cosa en la búsqueda de los poderes ocultos.

Las creencias de la antigua Grecia también fueron absorbidas; el uso de oráculos como el de Delfos, por ejemplo. Había, además, prácticas más oscuras, ocasionales sacrificios humanos. Esto último lo tomaron supuestamente de Creta, el hogar del Minotauro.

—¡Qué horror! —Elena se estremeció en la húmeda oscuridad de la cámara de piedra. Casi podía imaginarse al monstruo con cabeza de toro emergiendo de uno de los túneles excavados en piedra.

—Atroz, sí, para nosotros o para cualquier persona en su sano juicio. Pero no para ellos. Los prometeos saborean el derramamiento de sangre, y no temen morir porque no creen que la muerte sea el final. En esencia, creen que están por encima de la muerte y que mediante la magia negra que practican, los procesos de la muerte y la regeneración pueden controlarse. No es de extrañar que, por consiguiente, fuera el mito griego de Prometeo el que inspiró el nombre por el que se los conoce.

—Prometeo, aquel que robó el fuego a los dioses —dijo Elena.

—Sí. Y al igual que él, estos se ven como los salvadores de la humanidad, los responsables de llevar la luz al mundo.

—Aguarda un momento. —Elena frunció el ceño—. Creía que llevar la luz al mundo era la misión de Jesús.

—Para ellos no. ¿Sabías que el nombre Lucifer significa Portador de Luz?

La joven lo miró atónita.

—¿Me estás diciendo que pueden hacer magia negra?

—Solo sé que ellos creen que es real. Hasta tal punto que están dispuestos a matar por ello. Eligieron al titán Prometeo como icono porque, pese a su horrible tormento, pese a que todas las noches el águila acude a devorarle el hígado, al día siguiente despierta completamente ileso.

Eso, por sí mismo, podría haber sido inofensivo. Pero, por desgracia, las ansias de inmortalidad tienen como fin último el control total de la humanidad. No me cabe duda de que sabes a quién llamaba Jesús «el maestro de este mundo».

—A Satanás.

—Ese es su verdadero Dios —dijo asintiendo sombrío—. Como es natural, no lo reconocen abiertamente. Prefieren fingir que actúan por el «bien» de la humanidad. Si es necesario emplear la fuerza bruta para que la humanidad alcance la verdadera iluminación, que así sea. Pero vayamos antes a la conclusión de la historia de los cruzados y la tentación en el desierto.

—Sí, ¿qué fue de ellos?

—Cuando la tormenta de arena pasó, hubo división de opiniones entre los caballeros con respecto a los pergaminos. La mitad pensaba que los rollos eran malignos y profanos, y que estaban al servicio del demonio. A fin de cuentas, se trataba de hombres medievales. Quisieron prenderles fuego sin demora... arrojarlos al infierno, si lo prefieres.

El otro grupo tenía una idea muy diferente. Quizá coincidiesen en lo peligroso de esa antigua magia pero, independientemente de eso, era información útil. Algunos quisieron llevarle los rollos al rey Ricardo y utilizar la magia negra que contenían como posible arma secreta capaz de derrotar a Saladino y a sus feroces ejércitos de mamelucos. Al fin y al cabo la cruzada no iba bien, y teniendo en cuenta que el objetivo era una noble causa, liberar Jerusalén, el fin justificaba los medios según su punto de vista.

—Siempre una creencia peligrosa —murmuró Elena.

—En efecto. La discusión de los caballeros no tardó en caldearse. El caos se impuso y, como eran guerreros medievales, la violencia hizo enseguida acto de presencia. Uno de los hombres cayó. Al ver que habían asesinado a uno de los suyos, los caballeros a favor de poner en práctica la magia escaparon con algunos de los rollos. Sabían que no podían volver con el rey Ricardo sin sufrir graves consecuencias por haber matado a un camarada.
Damon hizo una pausa.

—Al menos los villanos no se marcharon con todos los pergaminos. En la refriega, los caballeros que se mantuvieron leales fueron capaces de impedir que cierto número de documentos cayeran en sus manos. Pero desde tan sangriento principio, en que se volvieron unos contra otros, amigos contra amigos, los perniciosos efectos de estos antiguos escritos quedaron muy claros.

Hasta donde sabemos, los otros acabaron por abordar al astrólogo de la corte del rey Ricardo para comprobar si su majestad quería utilizar la magia negra de los rollos contra Saladino. Según cuenta la leyenda, nuestro guerrero rey cristiano no se atrevió a incursionar en tal campo. Al menos —agregó Damon de manera pausada—, no al principio.

Pero con el fracaso de la tercera cruzada, y habiendo vaciado las arcas de Inglaterra para costear su guerra, se dice que Ricardo permitió que el astrólogo de la corte lo intentase cuando la cuarta cruzada se avecinaba.
Se rumorea que el uso de los rollos tuvo como consecuencia no solo las victorias de la cuarta cruzada, sino también el que la campaña fuera terriblemente sangrienta, incluso a tenor del criterio medieval. Tanto si la magia es real como si no lo es, la maldad que contienen esos pergaminos ejerce ese efecto sobre los hombres.

Elena le miró sobrecogida.

—Los cruzados que abrazaron esos oscuros y antiguos escritos regresaron finalmente a Europa, trayendo consigo el culto recién descubierto como si fuera la peste. —Damon sacudió la cabeza—. No les importaba lo lejos que habían ido ni lo retorcidos que se habían vuelto. Lo único que les interesaba era utilizar su nuevo credo para obtener poder.

Naturalmente, la Iglesia no tardó en declarar heréticas sus creencias, de modo que se vieron obligados a practicar sus rituales en la clandestinidad. Fue entonces cuando se fundó la Orden de San Miguel con el fin de erradicarlos.

Contando con la bendición del Papa, el rey Ricardo fundó nuestra orden para perseguir ese culto, destruir los rollos y poner fin a aquella maldad. Mi antepasado, el primer barón Rotherstone, y los de Warrington y Falconridge, juraron con sangre que no solo ellos, sino también sus descendientes, lucharían.
Por desgracia, nuestros enemigos han demostrado estar tan resueltos a perseverar como nosotros a frustrar sus intentonas. Una vez que esta maldad echa raíces, nunca ceja en el empeño de alcanzar sus objetivos.

—¿Cuáles son exactamente esos objetivos? —preguntó Elena con una entonación siniestra.

—En un principio los prometeos afirmaban que, habiendo presenciado el derramamiento de sangre en Tierra Santa y en toda la Europa bárbara de la Edad Media, su principal deseo era emplear los rollos para poner fin a toda guerra futura estableciendo un vasto reino que se extendería por todo el mundo. Se describían a sí mismos como benévolos cuando, en realidad, eran todo lo contrario. Durante años afirmaron que lo que intentaban instaurar no era más que el Reino de los Cielos en la Tierra.

—Pero Jesús dijo que el Reino de los Cielos está cerca —murmuró Elena—. Y nada tiene que ver con el poder mundano.

—Justamente. Era todo mentira. Y al poco tiempo incluso los propios prometeos dejaron de fingir. Lo que buscaban era el poder puro y duro, y así sigue siendo en nuestros días.

Damon agachó la cabeza.

—Todo lo que te he contado sobre mi vida, los viajes a Europa, las inversiones internacionales, el coleccionismo de arte... todo eso es verdad solo en apariencia. En realidad, la verdadera razón de mis viajes, lo que ha dado sentido a mi vida hasta que te conocí, era este deber contraído por mi linaje, no cejar en el empeño de vencerlos.

En los últimos años se habían hecho poderosos. Ciertos miembros de su sociedad habían logrado introducirse poco a poco en puestos importantes del círculo de Napoleón, así como en otras cortes europeas. Considerando el genio de Napoleón y la extensión del imperio que había establecido, creyeron que podrían utilizarlo para imponer su sueño de un único poder que gobernara la Tierra. Estuvieron a punto de conseguirlo.

—Oh, Dios mío.

—Una vez me preguntaste cómo acabé en la batalla de Waterloo —dijo—. La verdad es que recibí un mensaje de Jordan en el que me avisaba de que los prometeos habían enviado a un asesino para acabar con el duque de Wellington. Habían conseguido meter un espía como el que acabamos de desenmascarar en el cuartel general. De antemano habían planeado que si las cosas se torcían para Napoleón, Wellington recibiese un disparo en el campo de batalla. Eso habría sembrado el caos entre los aliados el tiempo necesario para que Bonaparte se reagrupase.

Mi misión era identificar y destruir al agente enemigo que habían infiltrado en el cuartel general de Wellington, y esto es exactamente lo que fui a hacer a Waterloo.

—¿Mataste al asesino? —preguntó Elena con voz queda.

—Sí —respondió Damon con una calma fría e imperturbable—. La máscara de aristócrata libertino no era más que una estratagema que utilizaba para alejar las sospechas de mis enemigos y del resto. La charada me permitía viajar libremente a mis diversas misiones. Solo mis compañeros agentes, mis hermanos, saben quién soy en realidad. Para mí es muy importante que tú, Elena, también lo sepas.

—Oh, Damon. —Se levantó de la mesa y la rodeó para ir a abrazarlo.

Damon la estrechó fuertemente entre sus brazos.

—Cielo mío. —Cerró los ojos y la besó en la frente—. Dios, después de Waterloo pensé de veras que todo había acabado, que al menos los habíamos contenido hasta dentro de otros cincuenta años —susurró—. Si hubiera tenido la más mínima duda jamás habría buscado esposa. Ni por todo el oro del mundo te habría puesto en peligro. Pero ahora que estás metida en esto, creo que es más seguro que conozcas la naturaleza del mal al que nos enfrentamos.
Yo te enseñaré. ¿De acuerdo?

Se separó ligeramente y le cogió el rostro entre las manos, mirándola a los ojos con pasión. Una preocupada intensidad oscurecía los de él.

—Te enseñaré cómo mantenerte a salvo para que aun cuando yo esté ausente... Oh, jamás podría dejar que nada te pasara.

Pero, por encima de todo, Elena, ahora debes compartir nuestro voto de silencio, pase lo que pase. No puedes contárselo a nadie. Ni a Bonnie, ni a Jonathon, ni siquiera a tu padre. Debes conducirte en esto igual que he hecho yo, y comprender lo que ahora te separa del resto del mundo del mismo modo que nos ha separado a todos nosotros.

—Oh, Damon. Haré lo que sea siempre que no me aleje de ti.

Damon la atrajo de nuevo contra sí.

—Cariño, ignoraba que formases parte de algo que se remonta a tantos siglos atrás. Me alegra que me lo hayas contado. No puedo imaginar lo que habría sido de nuestro amor si no hubieses compartido esto conmigo. Es demasiado grande, demasiado importante, para dejar que se interponga entre los dos durante el resto de nuestras vidas. —Hizo una pausa tratando de abarcar en su mente todo cuanto le había contado—. Y ahora dices que uno de vuestros agentes ha desaparecido. ¿Se trata de Drake?

—Sí.

—El hijo de lady Westwood —murmuró Elena.

—El resto de su equipo fue asesinado —dijo Damon—. Creíamos que Drake también había muerto. Eso habría sido horrible de por sí. Pero entonces... lo vi el día de nuestra boda.

Elena lo miró sorprendida.

—Yo estaba fuera fumando un cigarro con tu padre. Drake pasó por delante en un maldito coche de alquiler. Creía que había visto un fantasma. Fue casi como si hubiera ido a buscarme. La noticia de nuestro enlace fue publicada en todos los periódicos. Pero él no se detuvo. —Damon sacudió la cabeza—. Y eso no presagia nada bueno.

—Así que era ese el carterista al que perseguiste.

Damon asintió lentamente.

—No puedes imaginar cuánto odié tener que mentirte... el día de nuestra boda, nada menos.

Ella lo miró con expresión afligida.

—Fui incapaz de dar con él. —Damon se encogió de hombros—. Ni siquiera estaba seguro de que la mente no me estuviera jugando una mala pasada. Pero entonces Ginger, esa mujer de arriba, también lo vio. Ella había asistido a algunas de nuestras fiestas, de modo que conoce a los muchachos. Esperó un tiempo por miedo, pero al final fue a contárselo a Virgil. Fue entonces cuando él me escribió dándome instrucciones para que visitara a lady Westwood.

—¿De modo que su hijo está vivo en algún lugar?

—Sí, seguramente le tienen cautivo, como nosotros a John, el lacayo. Si Drake les da nuestros nombres a quien le tiene preso, será solo cuestión de tiempo que vengan a por nosotros.

—¿Qué haremos, Damon?

Él la escrutó durante largo rato.

—Mantenernos unidos —dijo suavemente—. Mantente alerta y no te descuides, aunque te avisaré si llega el momento en que debas temer. Hasta entonces te prometo que estaremos bien. —Sacudió la cabeza mirándola a los ojos con tristeza—. No quería contarte todas estas cosas. No quería que tuvieras que vivir con miedo. Como norma general mantenemos a las mujeres fuera de esto.

—Bueno —repuso ella de manera pausada—, tú y yo convinimos seguir nuestras propias reglas. Pero, Damon, quiero que sepas que puedes confiar en mí. Nada ni nadie, por horrible que sea, podrá jamás inducirme a traicionarte o a revelar las cosas que me has confiado. Ni aunque mi vida dependa de ello.

Damon la miró con los ojos colmados de anhelo.

—Te amo, Elena.

—Yo también te amo. —Cuando la abrazó de nuevo, Elena se acurrucó en sus brazos hasta que de repente en su cabeza surgió una idea que le heló la sangre

—. ¿Damon? —Se separó súbitamente, pálida como la cera—. ¿Significa esto que algún día vendrán a llevarse a nuestro hijo?
Damon se estremeció, pero no lo negó. Elena se apartó de él, desolada.

—¿Cómo has podido ocultármelo?

—Perdóname —susurró él, y luego agachó la cabeza.

Elena volvió a la mesa, apoyándose contra ella para no caer al suelo al pensar en aquella aterradora perspectiva de futuro. Guardó silencio durante largo rato.

—Termina con esto, Damon. Haz lo que tengas que hacer. El escocés, Warrington, Falconridge y tú, y cuantos hombres sean necesarios. Poned fin a esta guerra de una vez por todas para que no tengan que hacerlo nuestros hijos.

—Haré cuanto esté en mi mano. —Se colocó detrás de ella con indecisión y le rodeó la cintura con los brazos.

El corazón de Elena era un torbellino de emociones. Se dio la vuelta y le devolvió el abrazo, sepultando el rostro contra su pecho durante un momento. Elena se obligó a armarse de valor y apretó los ojos con fuerza.

—Creo en ti —susurró apasionadamente—. Y te apoyaré siempre que pueda. Te amo, Damon.

—Eso es todo lo que necesitaba escuchar. —La voz queda de Damon sonaba tirante por la emoción. La abrazó fuertemente—. Virgil piensa que la causa por sí sola basta para inspirarnos, pero yo lucharía con mayor tesón por ti que por la humanidad en general. Lo eres todo para mí, Elena.

Inclinó la cabeza cuando dos lágrimas se derramaron de los ojos de Elena, y la besó.

—Gracias, milord —susurró la joven contra sus labios—. Gracias por lo que has hecho. Mantienes a la gente a salvo y ellos ni siquiera lo saben. —Lo acarició con adoración reverente—. No tienen ni idea de tu sacrificio.

—Me basta con que tú lo sepas. —Apoyó la frente sobre la de ella y cerró los ojos—. Nunca quise tener secretos contigo, Elena.

Ella le cogió el rostro entre las manos.

—Eso ya no importa. Lo que importa ahora es que estamos de acuerdo y que, al fin, has dejado que te vea tal como eres: el hombre al que de verdad amo. Por fin te comprendo, sé dónde has estado y qué te impulsaba. Te amo, Damon. Te amo y siempre te amaré.

—Elena... —Ladeó la cabeza y la besó con feroz ternura.

Ahora que la verdad estaba sobre la mesa y que las sombras entre ellos habían desaparecido, de pronto Elena se moría de ganas por tenerlo dentro de ella. Solo quería fundirse por completo en un solo ser con él. Le acarició los hombros y le abrazó con posesiva pasión mientras le besaba ávidamente. El instinto masculino de Damon no tardó en comprender el mensaje. La sentó sobre el borde de la mesa y continuó dándole besos. Elena arqueó la espalda cuando él le cogió los pechos en las manos.

—¿Damon?

—¿Mmm?

—¿Y qué sucedería si tuviéramos una hija? —murmuró entre un beso y otro—. ¿También la reclamaría la Orden?

—No. Aunque, pensándolo mejor, tal vez debiera. Porque si nuestra hija se parece a la madre, seguramente sería aún más peligrosa que nuestro hijo.

—¿Peligrosa yo? —replicó Elena con una mirada inocente.

Damon se detuvo y una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios, que casi rozaban los de ella.

—Claro que sí, amor mío. ¿Sabes cuánto me gustaste anoche?

Ella rió y se echó hacia atrás para brindarle una sonrisa descarada.

—Yo también me gusté. Naturalmente, estaba furiosa contigo —agregó.

—Puedes enfadarte conmigo siempre que quieras —le dijo él con voz ronroneante antes de hundir los labios en su cuello.

—Bueno, creo que es hora de hacer las paces —respondió la joven, recorriendo su torso con los dedos.

—No podría estar más de acuerdo contigo. Dios, haces que me distraiga.

—Tómame.

Damon se colocó entre los muslos de Elena, sentada en el extremo de la larga mesa de madera. Estaban completamente vestidos, pero él le levantó las faldas y se acercó para que ella pudiera liberarle de los pantalones.

Un momento después, y con el corazón desbocado, Elena le acogió en su interior. Contuvo la respiración y le dio la bienvenida de forma sensual cuando Damon la penetró con un sonoro gruñido.

El amor unió sus cuerpos una vez más sumiéndolos por entero en un dichoso alivio. Un gutural gemido de placer escapó de los labios de Elena mientras él la mecía lentamente, con oscura ternura, saboreando la unión.

La parpadeante luz de la antorcha danzaba juguetona sobre las irregulares paredes de piedra del Infierno. Damon le hacía el amor tiernamente, inundando los sentidos de Elena de puro gozo. Ella apoyó la espalda lentamente sobre la mesa, entregándose como ofrenda al deseo de su esposo.

Entonces Damon se inclinó sobre ella y la penetró profundamente, excitado como nunca por la sumisión voluntaria de Elena, que le rodeó con las piernas y enganchó los talones detrás de las caderas.

Él la reclamaba para sí con besos febriles, embriagándola de pasión, abrasándola con vertiginoso placer. Pasó los dedos por el despeinado cabello de Damon hasta que resolló sin aliento, poniendo fin al beso, jadeando mientras recorría ávidamente con las manos el cuerpo masculino, marcándolo como suyo.

—Te amo —susurró Elena contra su mejilla áspera.

Se entregó a él no con fe ciega, sino con pleno conocimiento de quién y qué era, amándole más si era posible por la nobleza que siempre había presentido en él pero que, solo ahora, por fin había descubierto.

Damon apoyó los codos a cada lado de la cabeza de su esposa sobre la tosca mesa de madera y la miró a los ojos largo rato con expresión anhelante.
Lo asombraba descubrir que al fin alguien le conocía sin tapujos, le amaba de corazón y le aceptaba sin condiciones.

—Te amo, Elena —susurró mientras capturaba un mechón de su cabello y lo frotaba amorosamente contra su rostro—. Eres mucho más de lo que siempre había soñado. Por favor, no me dejes de nuevo. Has huido de mí en dos ocasiones y no creo que pudiera soportar una tercera. Si te marchas, sabes que te seguiré.

—No me voy a ir a ninguna parte, amor. Ahora soy tuya para siempre.

De puro éxtasis, Damon gimió suavemente contra el cuello de su amada al escuchar aquellas palabras. Por fin conocía el significado de la palabra hogar.
Tal vez no tuviera todas las respuestas, y quizá la guerra contra el mal que estaban obligados a combatir debía proseguir aún, pero él había encontrado, al fin, cierta paz.

Después de todos los años pasados vagando en soledad, siempre a la caza, como un extraño en tierra extraña, por fin ya no estaba solo. Ahora la tenía a ella y los dos eran un solo ser, en cuerpo y alma, completos de nuevo; como si cada uno hubiera hallado en el otro las piezas de sí mismo que les faltaban. Ella le daba un nuevo sentido a su fuerza; él daba amparo a su bondadoso corazón.
Damon la abrazó con más fuerza mientras la amaba, susurrándole su devoción al oído.

Si algo le habían enseñado todos aquellos años errando de un lado a otro era que el corazón tiene su propio lugar, su propio país... y, para él, Elena era su reina.

 No existía otro sitio donde prefiriese estar que justo donde se encontraba, en brazos de la mujer en quien confiaba y a la que amaba. Su compañera, su esposa, su ángel.

Juntos podrían compartir su propio paraíso secreto, aun cuando las tormentas arreciasen fuera.


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